EMICEPTOR
Escribir con lápiz en el interior de un libro de la biblioteca pública tu número de teléfono seguido de «llámame». Un misterioso mensaje que cada lector considerará dirigido personalmente hacia él, colocándole en la tesitura de llamar o no. Y no solo en dicha dialéctica con uno u otro resultado posible, sino qué inseguridades y cuestiones se plantea de inmediato al ver ese mensaje. Coqueteará con la posibilidad de contactar con un misterioso individuo, pensamiento que le llevará a dibujar en su mente varios rostros e inmuebles donde podría afincarse alguien de tal excentricidad como para invitar a un desconocido a que invada su intimidad.
¿O por el contrario es otro motivo el que le lleva a lanzarse con un acto de transparencia ligeramente arriesgado? ¿Le importa más la conversación con otra persona que el mal uso que pueda hacer cualquiera de su número, ya sea para librarse de vendedores insistentes o para darlo a un truhán que intenta seducirnos sin que el interés sea recíproco o para gastar una broma pueril? ¿Es una invitación para llevar a cabo una oscura empresa? ¿O acaso fue un mero acto impulsivo del cual no puede extraerse ninguna conclusión ni intencionalidad?
Ser finalmente contactado es algo con lo que no contaba en el momento de redactar un imperativo impersonal de tal magnitud, pero podría justificar por qué lo hizo sobre la marcha, sin salir de su asombro contenido para no transmitir nerviosismo a su interlocutor aventurero.
¿Es la soledad lo que inspira ese comportamiento? ¿Es un experimento sociológico? ¿Es un juego? ¿Es una llamada de atención?
La elección del libro donde deja su marca es crucial. O quizás no. Pero pensemos que sí. Con ello estaría realizando una criba importante de lectores, sobre todo si es un libro de temática especializada. Edad, profesión, género, intereses, personalidad, etc. Ahora vemos desde el otro lado las ideas prejuiciosas que pasan por la mente de quien ha escrito sobre el perfil de sus lectores potenciales. Se crea unas expectativas que en cierta medida controla mejor que las de sus potenciales lectores, puesto que él ha elegido el contexto, el libro, la página, el momento. Ya sabe de forma genérica de qué tipo de gente se puede esperar recibir una llamada. Y quizás deje en manos del otro lado de la linea el propósito de su propia obra. Haría preguntas para encontrar en la respuesta del otro desconocido el motivo que le llevó a hacerlo. «¿Por qué crees que he dejado ahí mi número?» Se limitaría a seguirle la corriente a las fantasías que le ofreciera su interlocutor agitado.
¿Quién decide entonces ser dueño de la interpretación del mensaje, emisor o receptor?