Ser pintor (I)

—Dígame, caballero.

—Buenos días, quisiera ser pintor.

—Excelente, pase al despacho, le atenderán enseguida.

—Gracias.

—Hola, ¿qué desea?

—Pues venía a manifestar mi intención de dedicarme a la pintura, sabe usted.

—Sí, sí… La pintura, un oficio muy noble, si me permite la apreciación. No en tanto, difícil de llevar a cabo. Debe tener usted una gran ambición.

—Es lo que me preocupa en este instante, temo no superar la entrevista ya que por el momento quiero ser pintor solo porque me gusta pintar.

—Ya veo… Qué motivo tan pobre, desprestigia usted la labor de los grandes artistas, que tanto empeño pusieron en su tarea, la de hacer de esta una civilización por la que sentirse orgulloso.

—Soy consciente, por eso creo que responder a sus preguntas me ayudará a reconducir mis aspiraciones como pintor.

—No deben ser bajas, se lo advierto. En el departamento todavía nos lamentamos por el descuido de hace dos años, cuando permitimos la licencia a ese infame cuyo nombre me niego a pronunciar. Aquellas obras… 

—Desde entonces soy muy crítico con mi trabajo.

—Sí, sí, fue un aviso a navegantes, pero hubiéramos preferido que este tipo de sucesos se quedara en los libros de historia, sin embargo lo tuvimos en los periódicos. Olvidemos el asunto, vamos a lo que nos toca, para no hacerle perder más tiempo del necesario.

—Por supuesto, empiece cuando guste.

—Bien… En la documentación que usted aporta aparece la evolución de su trabajo durante los últimos siete años, desde los primeros bocetos anatómicos a carboncillo hasta sus piezas en óleo más recientes. Dígame, ¿por qué no se quedó en el carboncillo?

—No es un material elevado, todo el mundo sabe que la elegancia del óleo es mayor. Además, aunque haya formas de conservar sus resultados, el carboncillo se deteriora más con el paso del tiempo. Tengo conocimiento de obras admirables realizadas con carboncillo, pero el gran público no es accesible a esta información, no son obras que permanezcan en la memoria.

—Correcto, se trataba de una pregunta trampa pero ha sabido aportar su humilde visión. Prosigamos. Ha elaborado usted algunas fichas acerca de su obra, con descripciones técnicas, materiales empleados, medidas, soportes, herramientas… Es bastante correcto, aquí no haré ninguna objeción. Sin embargo, me llama la atención la justificación de su obra, a mi juicio usted la explica demasiado.

—Lo siento, ¿podría darme algún ejemplo concreto?

—Por supuesto, deme un momento. Veamos… Sí, aquí está. En su trabajo final de estudios usted hace un paralelismo entre su obra y ciertas metáforas. ¿Sabe que está prohibido cualquier acercamiento al arte simbólico?

—Lo sé, tuve cuidado en alejarme lo posible de ese recurso pero no tuve elección, ya le digo que pinto porque me gusta, no porque quiera manifestar algo.

—Es una afirmación muy seria la que usted hace, puede costarle la licencia permanente. Aunque la academia requiera justificar su obra, debe tener en cuenta que sus argumentos insinceros le convierten a usted en un estafador.

—Elegí una justificación ajena a mí por miedo a dejar en blanco dicho apartado.

—Se admite la no respuesta, hemos tenido algunos artistas silenciosos con mucho éxito.

—Y los admiro, pero yo no tuve seguridad suficiente en mi trabajo como para que se justificara por sí mismo.

—Le queda a usted aún mucho camino por delante… En esta convocatoria no se le adjudicará la licencia a tiempo completo, pero podrá optar a la parcial o a la de aprendiz.

—Eso es una buena noticia.

—Me alegro que sea usted positivo, tenemos exceso de pintores con depresión. Como verá usted, se ha extendido la noción de que uno se inspira con la desgracia y la autocompasión. Hemos intentado mantenerlo en secreto durante décadas, pero era demasiado obvio. La cordura es mediocre. Ningún pintor sin trastornos psicológicos ha alcanzado jamás fama atemporal.

—Que ahora no tenga problemas mentales no quiere decir que no los vaya a desarrollar a lo largo de mi vida.

—Eso espero, ¡qué optimista es usted!