
Cuando te miro no sé si te saludo o me despido. Veo una imagen pasada, es decir, una fotografía. Unas veces amarilla y otras roja. El romanticismo que te adjudicamos es porque al Sol no se le puede contemplar tanto tiempo. Víctimas del amor platónico en el alféizar con las manos en la cara y suspirando mientras alzan la vista hacia ti. Un queso, un ojo. Te dicen lo que no eres, porque, salvo para los cosmonautas, sigues siendo un mito. Ya no deidad, aunque nadie duda de tu poder; sobre las aguas, sobre la mujer. Eras respetada como guía y linterna, ahora quieren que les sirvas de casa y de mina. Quieren pisarte y poblarte. La roca gigante y gris no siente pero vive. ¿Eres organismo o recipiente? Ya estás habitada por minúsculas criaturas invisibles a mis sentidos. Respiras de otra forma y no te alimentas. En realidad no sé a quién o a qué estoy hablando. A mi idea de Luna, a un satélite, a cierta esperanza de lograr alcanzarte, a algo con lo que necesito comunicarme, como a un ser querido muerto con quien puedo sincerarme porque sé que no escucha. Pero tú sí que me vigilas desde arriba. Ayer sentí tu mirada clavada en la nuca y cuando volví la vista hacia ti no parpadeabas. Observas en silencio esperando el momento óptimo para intervenir. Si pudieras hablar, ¿qué me dirías?