Schopenhauer decía que los animales no sienten amor, solo necesidad de reproducirse. Pienso que se equivocaba porque ese concepto traducido a algo básico, primitivo y carente de connotaciones, no es amor sino sensación de seguridad. El apego no es recurrir a otro ser vivo en busca de protección, tener la confianza de que no va a atacarte ni a tener un comportamiento inesperado. Cuando uno de mis gatos acude a mí y me amasa el estómago ronroneando es porque es lo que hacen los felinos cuando van a tomar leche de su madre, y no es porque yo le recuerde a su progenitora sino porque soy otra criatura que también le ampara, le alimenta y le protege. Solo con la sensación de seguridad los animales pueden abandonar su estado de alerta (o ansiedad, como lo llamaríamos los humanos) y conciliar el sueño.
El amor natural es sentir que la otredad te cuidará y estará a tu lado cuando lo necesites. El amor por excelencia es complejo, para demostrarlo es necesario comprar flores, escribir un poema, regalar el último modelo de iPhone y una sesión para dos en un balneario el día de San
Valentín, botella de champán incluida en la oferta. Quizás Schopenhauer tenía razón, los
animales no sienten amor.