El material de mi cabeza adopta de la brea su espesura.
Con lánguidas brazas lucho contra una marea en calma.
La venenosa placidez amenaza más que la bravura.
La ansiedad incentiva la psicosis. He estado pensando en la cantidad de palabras que existen para designar a un loco. Tarado, majara, chiflado, demente, ido, chalado, lunático, pirado, desequilibrado, orate, de la chaveta, …un sinfín. En diferentes dialectos hispanohablantes hay más términos, algunos en desuso, estos me interesan especialmente. Por ejemplo piantado, usado en Argentina y Uruguay. Piantado ha desaparecido de la cotidianidad, ha caído en el desguace de palabras que, por conveniencia, por pragmatismo, por comodidad, por moda o por azar, ya no forman parte de nuestro vocabulario. ¿En qué momento alguien utiliza piantado por última vez? Cuál es el último día de la infancia que uno pasa jugando con muñecos. Es imposible saberlo. De hecho no existe un final. Acabo de escribir piantado cuatro veces y días atrás hice mojigangas con un dinosaurio de plástico. Hay una minúscula satisfacción en desfibrilar cosas muertas. En descubrir algo por tu cuenta. En tener un lugar privado, intocable por nadie más. Son manifestaciones de amor propio, excentricidades añadidas a lo primitivo y básico de luchar por la supervivencia cazando, alimentándose y procreando.
La humanidad está viviendo una crisis existencial. Salvo en el tercer mundo y contextos marginales, el acceso a alimentación y refugio carecen de esfuerzo. Se nace con el pan debajo del brazo, yogur griego en la nevera, zapatillas de marca y una tablet. Se nace con más de lo necesario. Es muy fácil, empezar a vivir es facilísimo. Demasiado diría yo. Te acabas acomodando a tener un televisor con internet, a pedir comida a domicilio en cualquier momento del día y de la noche, a la retroalimentación positiva que otros humanos te manifiestan en redes sociales, a elegir mediante una aplicación con quién te vas a acostar. Solo hay que posar un dedo sobre una pantalla y tus deseos se hacen realidad en cuestión de segundos. Es demasiado fácil. ¿Y si lo complicamos un poco?
No todo el mundo tiene esa inquietud, parte de la población es mansa y ovejil, sigue la corriente de las comodidades tecnológicas. Pero otra parte de la población aborrece los reality shows, critica al orden establecido y es misántropa. Me centraré en este colectivo. El primer síntoma de percatarse de la desagradable facilidad de vivir es desarrollar una neurosis. En función de la edad mental de cada individuo se manifiestan diferentes incomodidades: angustia por saberse dominado por las empresas, impotencia por ejercer en vano el derecho a voto, ansiedad por esperar la respuesta a un mensaje instantáneo que no llega al momento, o algo mucho peor, que su crush no le dé un like. Estos malestares surgen como una especie de pasatiempo enrevesado para combatir lo tedioso que es poder vivir sin preocupaciones. Nuestra imaginación no tiene límites, así que cuando dejamos de jugar con muñecos resurge la necesidad de inventar contratiempos que no existen. Se deja de creer en el sistema y se empieza a creer en el propio delirio. Esta población autoconsciente e inconformista sigue siendo pasiva, vive en un estado constante de desprecio y abulia, pero no lleva a cabo ninguna contienda.
Hay un tercer colectivo muy interesante, suficientemente valiente como para dar un paso más allá en contra de una realidad que no acepta: drogarse. Meter la cabeza en el agujero mientras a su alrededor caen chuzos de punta no les basta, estas personas han decidido que el arma definitiva contra la facilidad de vivir es autodestruirse y volverse esclavas de las sustancias en lugar de internet. La nitidez de la existencia se disminuye y se altera mientras dura el colocón, se vuelve única para quien la está experimentando. Intocable, privada. La neurosis se anestesia y por unos minutos recuperan la capacidad de disfrute que se hicieron perder, dejan de juzgarse y actúan sin filtros, sin timidez, sin límites, se sienten libres de su cárcel. Se les ocurren ideas magníficas, como montarse en un carrito de supermercado y que le empujen cuesta abajo, subir a la tarima del bar y contonearse en paños menores, provocar a desconocidos buscando pelea, gastar más del dinero que llevan encima… Además, el consumo continuado de sustancias otorga nuevas virtudes que podrían parecer imposibles, como carecer de culpabilidad al mentir, perder el trabajo al día siguiente de firmar el contrato, soportar estoicamente las vejaciones físicas y verbales de varias relaciones sentimentales tóxicas sucedidas en cadena, e ignorar a personas que aun conociendo ese historial siguen ofreciendo ayuda.
En definitiva, el individuo adicto triunfa en su contienda por complicarse la vida mientras pone la mano para recibir el dinero que le ofrece el estado o sus amables progenitores sin rechistar. El individuo adicto ha conseguido no solo rechazar la existencia fácil sino sufrir las consecuencias. La victoria de vivir en una batalla constante. Bravo. Ahora es un Súperhumano, curtido tras varias enfermedades venéreas, caídas ebrias, lesiones por broncas, denuncias, deudas, pérdidas de objetos de valor, y el rechazo de sus seres queridos. Cuanta mayor es la imaginación, la sensibilidad al contexto y la capacidad de adicción, mayor es la complejidad que este Übermensch es capaz de desarrollar en su vida. El Súperhumano trasciende su neurosis y se hace uno con ella. Se boicotea y al mismo tiempo sigue expresando odio hacia lo ajeno. Se aliena ante su propio reality. Se convierte en aquello que teme, por miedo a serlo.
Y, finalmente, su identidad muere como el término piantado a pesar de que él representa la viva imagen de uno.