La mejor defensa no es un buen ataque. El boxeo y la mente operan en direcciones opuestas, por eso la manera en la que procesamos la información no se rige por las reglas de un deporte ni por las del sentido común. La fuerza bruta está en el plano físico, mientras que los pensamientos están en un plano abstracto, inmaterial y etéreo. Es igual de absurdo responder ante un puñetazo con una actitud de observación y calma, que responder ante un pensamiento intrusivo luchando contra él pidiéndole que se aleje una y otra vez. Uno de los motivos por los que no soportamos el dolor es porque nunca nos permitimos soportarlo y porque preferimos hacer cualquier cosa menos mirarle a la cara.
La evitación es la peor estrategia para hacer desaparecer el dolor, pero es la más extendida porque es la más fácil. Cuanto más acceso tengamos a distracciones, más malestar sentiremos. El sufrimiento sigue ahí incluso cuando realizamos cinco tareas a la vez que nos impiden hacerle caso. Durante esos minutos de (im)productividad, el dolor continúa creciendo silenciosamente, para atacarte cuando menos lo esperas. Los ataques de pánico suceden a veces en estados de relajación, no de ansiedad, el cuerpo tiene memoria y no siempre hace falta estar delante de un problema para desencadenar un estado ansioso. La acumulación de malestar no es la causa de ciertos trastornos mentales, sino los mecanismos que empleamos con tal de no hacerle frente.

Desde la infancia, nuestros cuidadores buscan que sintamos bienestar, y ante la menor frustración tratan de consolarnos pero en ocasiones lo hacen desde su incapacidad de sostener lo molesto que es el llanto de un bebé. Hay quienes echan leña al fuego regañando y gritando hasta que la criatura se calla por las malas, o dejándola a solas esperando a que se le pase, creándole una herida de por vida. Es probable que estos padres reaccionen así porque también fueron educados de la misma manera, forjándose una cadena infinita de baja tolerancia al malestar.
Ser tolerante significa aceptar, y es precisamente esta idea de aceptación la única estrategia útil ante el dolor. Rendirse no es permitir que nos invada el malestar sino observarlo y reconocerlo. De esta forma nos tomaremos el tiempo necesario para identificar de dónde viene, cuándo se presenta, en qué zona del cuerpo se manifiesta, quién nos lo despierta y cómo aprender a sostenerlo. Por supuesto que no es fácil realizar esta nueva práctica contraria a todo lo que nos han enseñado, y por ello caemos rápidamente en acciones evitativas en forma de opiáceos, compras compulsivas, scrolling infinito, adicción al trabajo, etc. Requiere tiempo y perseverancia entrenar la atención consciente, la presencia, y sobre todo la aceptación.
La aceptación implica aceptarse a uno mismo, que el foco de atención esté únicamente en tu interior. El problema es que la era de los medios de información y entretenimiento a la carta nos pone la distracción en bandeja en forma de smartphone, y nos sigue pareciendo exótico algo tan sencillo como meditar o hacer yoga. ¿Respirar con los ojos cerrados durante 15 minutos sin poder hacer otra cosa? ¿Estar a solas con mi mente? Imposible. La mayoría de las personas que empiezan a meditar lo abandonan a los pocos intentos. Se agobian con sus propios pensamientos, que no son más que ruido residual del sistema en el que vivimos. La metáfora de que los pensamientos son nubes que nos impiden ver el cielo de la conciencia es de gran ayuda siempre y cuando no intentemos disipar esas nubes, soplarlas o estornudar sobre ellas. Lo que hay que intentar hacer es no intentar hacer nada. Es esto lo que más tiempo conlleva entender. No hay atajos para ello, no hay vídeo de YouTube que te dé las claves para lograrlo, simplemente lo conseguirás en algún momento tras tu práctica diaria. Y cuando digo esto no te estoy animando a que pongas las piernas en la posición del loto con los ojos cerrados todos los días de 7 a 8 de la tarde. Basta con ejercitar la actitud de observación consciente para no dejarte llevar por tu corriente de pensamientos automática ni reaccionar contra el sufrimiento. Basta con poner la mirada en ti, reconociendo tu herida con compasión, con esa mirada amorosa que probablemente no obtuviste cuando la necesitaste.
El psiquiatra austriaco Viktor Frankl ideó la técnica de intención paradójica que se aplica en problemas de insomnio y ansiedad. Ante dificultades para conciliar el sueño se genera miedo a no poder dormir, lo cual activa el sistema de alerta del cuerpo e impide la relajación necesaria para el descanso. La técnica consiste en mantenerse en vela deliberadamente en lugar de esforzarse por dormir. Prestando atención a algo relajante como leer un libro que te interese o escuchar música suave, se deja de prestar atención al miedo de no dormir. En lugar de pensar «¡Tengo que dormir pronto o mañana no rendiré!», piensa «No importa si no duermo nada, voy a disfrutar de esta noche hasta que me entre sueño». Al no obligarte a dormir, el cuerpo deja de estar activado por la ansiedad, empieza a relajarse y permite que el sueño surja de manera espontánea. No toda acción tiene un resultado directo y no toda inacción carece de resultado. Por eso cuando no luchas, vences.
Si te interesa este asunto y quieres profundizar en tu bienestar, ofrezco terapia psicológica individual.