Lidia y Marcos no eran estériles pero decidieron adoptar una hija para evitar la transmisión genética de su mal carácter. Ambos eran depresivos e irritables, con varios rasgos de autismo, falta de autocontrol y antecedentes familiares de tendencia a las adicciones. Sabían de sobra que la ausencia de parentesco no garantizaba que la niña viniese sin las mismas taras que sus progenitores, pero al menos no sería por herencia sino por pura coincidencia.