Si el título fuese “por qué deberías ir a terapia” sería una imposición externa y no me he sacado el súper cotizado Máster de Psicología General Sanitaria para dar consejos. No vengo a darte motivos para acudir a terapia, sino a que identifiques cuáles son los motivos equivocados para hacerlo.
A lo largo de este año ejerciendo como terapeuta, me he puesto delante de decenas de pacientes con diferentes aproximaciones y actitudes hacia la psicoterapia. Con el tiempo, aprendí a detectar qué pacientes no voy a volver a ver tras una primera sesión. Entonces, como no me gusta que me hagan perder el tiempo y quiero ayudar a esas personas que están en un limbo entre reconocer que tienen un problema y no querer dejar de tenerlo, voy a exponer las razones más comunes por las que no deberías pedirme cita:
- En tu entorno familiar hay alguien que consideras que necesita más ayuda que tú.
Si pones por delante las necesidades de los demás a la tuya propia, aparte de ser buena persona estás sufriendo. Si el sufrimiento es tolerable, difícilmente vas a reconocer que ayudar a tus allegados te supone un desgaste, y hasta que no superen tu límite no estás en condiciones de venir a consulta porque ahora mismo tu prioridad no eres tú.
- Te apetece poco “escarbar”.
Si tú no tienes interés en comprenderte, en plantarle cara a tus manías, preocupaciones, miedos, automatismos, maneras de vincularte, etc., ¿por qué iba a tener interés yo más allá de los 50€ que te voy a cobrar? Esto no se trata de volcar toda la responsabilidad en el terapeuta para que te “arregle”. Si no estás por la labor de colaborar y poner de tu parte, déjame decirte que ningún profesional de la psicología va a “estar a tu altura”. No es que hayas tenido mala suerte con otros terapeutas, no es que la psicoterapia sea una estafa, no es que te parezca que cobramos un pastizal: cuando criticas mucho a los demás, igual el problema es tuyo, aunque necesites terapia para reconocerlo.
- Tienes dudas acerca de si la terapia te va a venir bien o vas a empeorar.
Esta resistencia es más sutil que la anterior pero viene a ser la misma. Pones en la terapia todo el peso de tu evolución o de tu retroceso, por lo que si empeoras le echarás la culpa al terapeuta y si mejoras será porque para eso te están cobrando. Esta puede ser de las pocas profesiones en las que pagas para que alguien haga la mitad del trabajo, no el trabajo completo. Nosotros hacemos el 50%, tú pones el resto. Si avanzas, avanzamos juntos, si fracasas, fracasamos juntos. Y es precisamente en esa vinculación comprometida en la cual reside el éxito terapéutico y la sanación emocional. Saber que no estás a solas en un camino complicado y que puedes confiar en otro ser humano constituye en sí un elemento curativo. Si crees que es tu terapeuta quien debe decidir si te conviene seguir o no, te estás dando una importancia insuficiente como para poder continuar trabajando. Recuerda que tú eres el otro 50%.
- No crees tener ningún problema.
Sin ánimo de diagnosticarte como narcisista por pensar que eres una persona impecable tocada por la gracia divina, es probable que tu definición de “problema” sea ligeramente distinta a la del resto de los mortales que acuden a consulta.
- Esperas recibir consejitos.
De nuevo aquí colocas en el terapeuta una figura maternal o patriarcal que te dice lo que tienes que hacer. Como terapeutas, no damos consejos, no decimos lo que te conviene, no te impulsamos ni te prevenimos de hacer cosas. Mi manera de trabajar es tratar de que te des cuenta de qué es lo que te hace bien y qué es lo que te provoca malestar, de que aprendas a observar tus pensamientos sin engancharte a ellos, de que pongas conciencia en aquello que antes pasabas por alto hasta que se volvía insoportable, de que conectes con tu esencia, de que tu vinculación con la gente que te rodea sea amorosa, entre otras cosas. Solo vende consejos quien para sí no tiene.
- Quieres un cambio rápido.
Si vienes con la expectativa de que en tres sesiones vas a resolver conflictos internos que llevan años arraigados, estás confundiendo la terapia con un servicio técnico (sé de lo que hablo, he sido agente de soporte durante más de 6 años). Ese momento catártico en el que de repente todo cobra sentido y sales flotando de la consulta con tu vida resuelta, no solo no existe sino que ocurre de manera paulatina a cuentagotas. La terapia es trabajo sucio, lento y a veces aburrido. Habrá sesiones en las que sentirás que te vas igual que has venido. Habrá sesiones en las que te verás repitiendo otra vez los mismos errores que estás tratando de eliminar. La frustración de no confiar en el proceso hará precisamente que no progreses.
- Buscas alianzas en tu cruzada ante la vida.
Si lo que demandas es un público cautivo que asienta mientras enumeras todo lo que está mal en tu entorno, mejor contrata a una persona “de compañía”. La terapia implica que en algún momento vamos a cuestionar tu versión de los hechos, y eso duele. Si necesitas tener siempre la razón para sentirte bien contigo mismo/a, vas a vivir cada sesión como un ataque personal en lugar de como una oportunidad de crecimiento.
- Tienes miedo de que cambiar te haga perder tu identidad.
“¿Y si después de la terapia ya no soy yo?» Claro, porque esa versión de ti que sufre, que no duerme bien, que explota con sus seres queridos, que se sabotea constantemente… esa es tu verdadera esencia, ¿no? Si tu identidad depende de mantenerte igual de mal que ahora, efectivamente, la terapia no es para ti todavía. No eres el barco de Teseo, vas a seguir existiendo a pesar de los cambios.
- Solo vienes por presión externa.
Tu pareja, tu familia, tus superiores… alguien te ha dicho que necesitas ayuda y tú has accedido para que dejen de molestarte. Si no hay una motivación genuina interna, vas a convertir cada sesión en una mera demostración de que los demás se equivocan y tú estás perfectamente. ¿Te va a salir un poco caro, no?
- No te fías del terapeuta.
He dejado la más jodida para el final, porque me atañe. Si crees voy a juzgarte por tus pensamientos o comportamientos, me estás juzgando, y no podemos trabajar si hay resistencia. Además, aunque quisiera juzgarte ya me es imposible tras las decenas de testimonios que he oído en terapia y el haber pasado yo misma por un proceso terapéutico. Por otro lado, es paradójico acudir a consulta pidiendo ayuda pero escondes contarme aquello por lo que necesitas ayuda. Curiosamente, las personas que más temen ser juzgadas suelen ser las más implacables consigo mismas. Si vas a filtrar lo que dices por miedo al juicio, estarás pagando por representar ante mí una versión edulcorada de ti. Pero bueno, cada uno que haga con su dinero lo que quiera.
Si te interesa este asunto y quieres profundizar en tu bienestar, ofrezco terapia psicológica individual.