Por lo general, la gente suele escribirle cartas a sus mascotas cuando se han ido, a modo de despedida u homenaje. Quisiera cultivar el hábito de hablar sobre nuestros peludos amigos (escamosos amigos para quien tenga peces o lagartos) antes de perecer, con el objetivo de poner en orden nuestro vínculo con ellos.
En terapia Gestalt hay una técnica llamada la “silla vacía”, que consiste en colocar delante tuya una silla o cojín e imaginar que está sentada una persona a la que necesitas decirle algo. Es un acting, pero te quedas muy a gusto y sirve para sacar de la cabeza esas conversaciones que nunca tendrán lugar y en las que siempre sales ganando.
En este caso, como no hay medios para comunicarme de manera compleja con mi gato, voy a hacer como si me dirigiese a él y decirle tanto lo bueno como lo malo, porque otra cosa que se tiende a hacer en los mensajes póstumos es dulcificar a la criatura, obviando todas las veces que se ha meado en el sofá, te ha arañado la ropa o ha roto el capó de tu Lamborghini Countach escala 1/18 (quizás esto solo me ha pasado a mí).
Nicodemo es un azul ruso gaditano de 5 años y con quien mantengo una estrecha amistad. Es el gato más cariñoso que conozco, aunque un poquito interesado también, todo hay que decirlo. Vamos allá:
Empiezo por lo que no me gusta de ti. A veces, cuando estoy comiendo algo rico te pegas al plato y me agobias. Si no te doy a probar ni un solo bocado te enfadas y berreas imitando un león ridículo mientras miras la puerta de la calle, queriendo irte de casa. Lo peor es cuando rechazas por completo el insulso pienso que te pongo por delante todos los días y te subes al fregadero y a la vitrocerámica buscando restos de comida que se me hayan podido pasar limpiando. Está feo, Nico. Cuando la estrategia mala no te funciona, te pones muy cariñoso de repente, rozándote y dándome cabezazos. Eso es de falso y de manipulador, que lo sepas.
Ahora, la parte tierna. Al llegar a casa, vienes corriendo a celebrar que he vuelto (cosa más típica en un perro que en un gato). Además, las personas que han convivido conmigo decían que cuando me he ido de viaje te veían apagado y triste. Para colmo, en cuanto hace un mínimo de frío me buscas cada vez que quieres dormir, ya sea para acurrucarte en mi regazo o para meterte bajo las sábanas y poner tu cabecita junto a la mía en la almohada, ronroneando como un coche en ralentí. Me quedo dormida abrazando tu esponjosidad. Eres el peluche perfecto, estás excepcionalmente suave y hueles a pan recién hecho a pesar de que no te he lavado ni una sola vez, ya lo hace tu rasposa lengua cincuenta veces al día. Nunca me has mordido ni arañado, eres tan tranquilo que pareces un abuelito canoso. Hasta me inspiras a decirte ñoñerías, como este pequeño trabalenguas:
Bizcochito Nico chico.
Eso es todo, tampoco es plan de adularle más, que luego se le sube y no hay quien le baje.
El susodicho:



