El 13 de octubre de 1972, un aparato que cubría la ruta Montevideo-Santiago extravió su trayectoria y se precipitó sobre la cordillera de los Andes. Tratándose de semejante siniestro, lo esperable habría sido una mortalidad absoluta; sin embargo, dieciséis de los cuarenta y cinco ocupantes lograron salir con vida. Haber empleado la expresión salir con vida se debe a un motivo que revelaré en la parte final del texto.
Lo que sigue no pretende ser una reseña al uso de La Sociedad de la Nieve de Pablo Vierci, sino más bien un comentario personal sobre un libro que ha funcionado menos como objeto de lectura que como catalizador de una experiencia interior. Haciendo un paralelismo entre su odisea física y mi periplo lector, diré que la travesía me ha ocupado año y medio. Efectivamente, ha sido como ascender una montaña: la primera mitad exigió un esfuerzo considerable para aclimatarme, es un libro tan escarpado como la cordillera misma; pero una vez superada ésta, el descenso resultó menos arduo y acabé la segunda mitad relativamente rápido.
¿Por qué hablo de un libro, cosa que hago por primera vez? Porque más que un libro se trata de un hecho real narrado bajo el prisma de quienes lo vivieron y la interpretación poética del autor que los recopila. Lo más interesante es la transformación que sucede lentamente al leerlo, parecida a la que aquellos muchachos tuvieron. En palabras de Coche Inciarte: Alcancé a observar la vida a la distancia, me formulé preguntas que nunca me había hecho, llegué a conclusiones que no sabía y descubrí que la nueva perspectiva es indeleble, porque me acompaña hasta hoy, treinta y seis años después. De manera natural, un equipo de rugby alcanzó estados de conciencia que solo se logran tras años de práctica meditativa: Sin quererlo ni suponerlo, había concebido una espiritualidad diferente que hacía que me sintiera parte de algo mayor, comencé a concebir a una divinidad dentro de mi propio ser, comparte Eduardo Strauch.
La calamidad no acabó con el avión estrellándose; dos semanas después un alud los sepultó y se perdieron otras ocho vidas. Pero salió uno más, continúa Coche Inciarte, y ese más uno inmaterial nos advirtió que se terminaban definitivamente las mezquindades de la sociedad ‘civilizada’. Ahí entré en contacto con una fuerza superior. Es fácil no creer desde el llano: es imposible no creer cuando estás a solas con la montaña. Y sigue: Se nos había abierto un hueco metafísico que no puede llenarse con banalidades ni con conquistas materiales. Puede que el avión les hiciera descender hacia las montañas, pero ascendieron a otro plano espiritual. Cuando vives en la ausencia total de elementos materiales, les permites espacio a otras sensaciones, a nuevos sentidos, narra Adolfo Strauch. Aprendí a disfrutar la vida, en especial las cosas sencillas, la familia, los amigos. Reírme, estar agradecido, sin necesidad de vivir en un paraíso o con dinero en el bolsillo, añade Roy Harley.
Llevo años frecuentando textos y escuchando personas de elevada espiritualidad y he transitado diversas prácticas contemplativas, pero no ha sido hasta alcanzar los últimos capítulos de La Sociedad de la Nieve cuando he comenzado a experimentar algo semejante a una serenidad de fondo, impermeable a las turbulencias exteriores. Esta calma, precisamente por lo arduo de su conquista, exige ser preservada con celo. De ahí cierta reserva en mis relaciones, cierta prudencia ante quienes buscan menos un encuentro que un confesionario o una terapia gratuita. La experiencia enseña —aunque parezca perogrullada— que la estabilidad anímica no florece en la nieve, y que ciertos compromisos románticos resultan incompatibles con la higiene psíquica necesaria para mantener ese equilibrio tan trabajosamente alcanzado.
Coche Inciarte lo resume con acierto: No hay nada mejor y que dé más tranquilidad de espíritu que brindarse al otro, este es el principal aprendizaje que he recibido y con él me siento en paz. Y Adolfo Strauch agrega: Ese estado de miseria absoluta nos hizo llegar a un nivel de comunicación entre nosotros que seguramente no lo puedo lograr en la vida civilizada. Estábamos tan solos en el universo que solo nos teníamos a nosotros mismos.
No le doy todo el mérito de mis cambios internos a la lectura de este libro, que es tan solo la punta del iceberg —pun not intended— de un año de terapia personal, apertura mental y unos cuantos reveses del destino que resultan ser los mejores maestros del camino. Pongo un ejemplo trivial que ilustra dicha transformación: vivo en el centro de la ciudad, donde centenares de conductores hacen sonar los claxon de sus vehículos por la mañana, a mediodía, por la tarde y cuando tienen prisa por regresar a sus hogares al final de la jornada. A pesar de lo mucho que me gustan los coches, estos sonidos resultan molestos. El primer pensamiento que se dispara al escuchar una de esas trompetas infernales suele ser «vaya gilipollas» o «qué desagradable». He llegado a un punto en el que ya no las escucho, y cuando lo hago no pienso nada, porque bien podría tratarse de un saludo entre conocidos, un toque de atención necesario, una muestra de celebración o vete tú a saber. Si puede ser cualquier cosa, ¿por qué elegir pensar en algo negativo? Prefiero emplear mi energía en interpretar otros hechos de mi vida de mayor relevancia que el sonido producido por un auto.
Si este grupo de jóvenes consiguió acallar su mente y trascender en la cordillera, con unas condiciones objetivamente preocupantes, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo respecto a nimiedades de la vida cotidiana? Comencé a constatar, a un grado que jamás imaginaba, que el ser humano puede adaptarse a todo, si lo hace poco a poco, y fundamentalmente si nunca conoce el final, expresa Pancho Delgado. Continúa: Nuestra ignorancia en la materia impidió que enloqueciéramos, amortiguó la desesperación, nos permitió creer irracionalmente que en verdad se podía salir. La ignorancia maximiza la osadía, los que crees que son tus límites terminan marcando la frontera. Incluso aceptaría bastante mejor la muerte de mis mascotas si se fuesen al otro mundo hoy mismo, no como pérdida del tiempo que no viviré con ellas sino como agradecimiento por todo el tiempo que hemos pasado juntas, regalo más que suficiente. El valor de los vínculos reside en lo que hemos tenido, no en lo que podemos perder.
Por eso, este es el mejor libro sobre estoicismo que puedes leer —salvando a los clásicos como Séneca y Epicteto—. ¿Qué puedo hacer por mi madre? Nada, se murió. Parece muy frío decirlo, pero hay que estar en el lugar. No puedes hacer absolutamente nada respecto al pasado, entonces tienes que afrontar la realidad con lo que hay, focalizando lo que puedes hacer mañana. No puedo llorar, porque si lloro pierdo sal con las lágrimas, declara Nando Parrado. A poco de regresar, alguien pensó que debían atendernos psicológicamente. Trajeron a una psicóloga para hablar con nosotros, pero no pudo hacer nada. No porque fuéramos impermeables o negáramos lo ocurrido, sino porque no necesitábamos que nos explicaran nada. Lo que habíamos vivido estaba integrado. El problema no era nuestro: era de quienes no podían comprenderlo, escribe Pablo Vierci en voz coral. A los que mantenían más confianza en volver, la mente los ayudó todo lo posible para que vivieran, completa Bobby François.
Y eso hicieron precisamente los que sobrevivieron al frío de los Andes. Al regresar de las montañas construyeron negocios de éxito, se casaron, formaron familias. En otras palabras: salieron con vida, con su vida.
Para algunos supervivientes, el accidente es algo que desean olvidar y no quisieron volver a la cordillera; otros lo hicieron incontables veces, tanto a solas como acompañados por otros miembros del grupo y de sus familias. Unos nunca hablaron de lo ocurrido, otros tardaron 30 años en pronunciarse, y algunos concedieron entrevistas e impartieron conferencias desde el momento de su regreso. Para ciertos lectores, esta es una historia de caníbales, de unos uruguayos con suerte, de los peligros de volar en avión; para mí, es un ejemplo más del milagro y del misterio que es la vida, tan caprichosa y tan injusta en muchas ocasiones, pero tan maravillosa y tan enigmática en unas pocas.
Ya acabando, confieso que no es casual haber titulado este texto en honor a La Montaña Sagrada de Alejandro Jodorowsky. En el clímax de ese peliculón, el maestro pronuncia la orden zoom back, camera! y súbitamente se nos desvela el artificio: los peregrinos espirituales han estado en un plató cinematográfico todo el tiempo. Aquel instante de realismo brutal guarda una inquietante similitud con el regreso de los dieciséis supervivientes a la civilización. Tras setenta y dos días en otro plano espiritual, volvieron al mundo «civilizado» —ese escenario de normas sociales, mezquindades materiales y preocupaciones banales— para descubrir que la verdadera realidad no estaba allí, sino en las montañas que acababan de abandonar. Como los alquimistas de Jodorowsky, comprendieron que el oro no se encuentra al final del camino místico, está en la transformación que ocurre durante la travesía.
Nando Parrado no podía tener más razón: Cuando lo aceptas y dejas de lamentarte o de intentar imaginar cómo hubiera sido tu vida sin el accidente, puedes continuar tu camino. Aunque no tengamos trabajo, pareja ni estabilidad en la vivienda, quedémonos a averiguar qué es lo siguiente que nos depara este extraño viaje que es la vida.
¡A volar!
