Hace unas cuantas noches observé el cielo desde la ventana buscando las escasas estrellas que la contaminación lumínica permite vislumbrar. El ojo se acostumbra pasado un rato y la visión se agudiza en la oscuridad. Tras unos minutos de incertidumbre, empezaron a dibujarse ante mí diminutos puntos blancos, separados entre sí, de diferentes tamaños e intensidades de brillo. Salvo Júpiter, que es el más reconocible, no me sabía ninguno de los nombres de los cuerpos celestes que estaban apareciendo. Para satisfacer mi curiosidad —y aunque me desconectara ligeramente del momento— saqué el móvil para abrir una app que «lee» el cielo y te dice cómo se llaman los astros que tienes delante. Capella, Aldebarán, Betelgeuse, Almach y Rigel fueron los nombres de las estrellas que logré identificar a simple vista, ya que no tengo un telescopio.
Sin embargo, el cinturón de Orión no aparecía a pesar de ser una noche despejada. Estaba maravillada, pero con una profunda tristeza al mismo tiempo. No entendí por qué hasta poco después. Cuando miré el tiempo suficiente y una vez que ya me había rendido, las lágrimas no me impidieron verlo. Es como si me hubiese estado aguardando para descubrirse, ocultándose cada vez que no miraba, esperando a que estuviese preparada. Al observar sin expectativa, sin deseo y sin urgencia, se mostraron las tres: Mintaka, Alnilam y Alnitak.
Desde aquello, cuando miro al cielo me invade cierta melancolía. Me ha sucedido escribiendo estas líneas. Creo que no es un sentimiento exclusivo de mí, y que si atendemos a nuestra sensibilidad en vez de huir de ella o taparla con distracciones mundanas, es comprensible el pensamiento al que llegué: el hilo invisible que nos separa de las estrellas está tan tenso que duele en un lugar muy primitivo de nuestro ser. Hace tanto tiempo que nos distanciamos de ellas, que no recordamos lo que se sentía cuando veníamos del mismo punto. Inconscientemente, nos pasamos toda la vida buscando sentir algo similar. Tras la explosión del Big Bang, solo pudimos disfrutar de apenas unos segundos de unidad casi absoluta, donde no existía soledad alguna porque nada nos separaba; éramos uno. Si trasladamos este pensamiento a la Tierra en nuestro presente, parece que las relaciones humanas se van distanciando más y más; conexiones lejanas, inalcanzables y virtuales que poco tienen que ver con la realidad.



También hemos perdido la conexión con el manto del que formamos parte. Qué pena haber perdido en nuestro día a día el culto a los cielos que pocos pueblos, como el peruano, aún conservan. No sé si seríamos mejores personas, pero seguramente más amorosas. En la actualidad, nuestro objetivo es la conquista del espacio, pero se nos olvida que ya estamos a bordo de una nave espacial llamada Tierra que viaja a 30 kilómetros por segundo. Llevamos surcando el cosmos desde antes de existir. Tratemos bien a nuestros semejantes, pues todos nos dirigimos hacia el mismo destino.
Carl Sagan introdujo un mensaje en las sondas Voyager buscando conectar con otras civilizaciones. A pesar de la teoría del bosque oscuro, al igual que él, tengo esperanza en que mi mensaje llegue a un receptor amable. El amor es lo que da sentido a la vida en general, y a mi vida en particular. En este preciso instante tengo obligaciones que cumplir y tareas que acabar pero soy incapaz de hacerlo sin antes haber escrito este texto. No hay mayor motivación que la de escucharse a uno mismo para poder entender a los demás.
Y como se me dan mal las matemáticas, en lugar de astronomía estudié psicología porque la mente es un microcosmos tan digno de explorar como el resto del Universo. Cada paciente, cada persona con la que hablo, desvela ante mí un mundo peculiar y salvaje. Escucho su discurso con la misma expectación con la que veo un episodio de Star Trek, aterrizando mi Enterprise mental en un lugar distinto cada vez, el cual analizo y documento con todo el respeto y empatía que logro reunir. Y al mismo tiempo descubro algo nuevo en mí, porque si escucho con atención todas las palabras que dicen y desde dónde las dicen, dicen algo de mí. A veces pienso que no somos una especie sino un organismo.


Seguimos viendo las estrellas a pesar de que ya no estén, a tantísimos millones de años luz que quizás nunca sepamos cuáles de las que vemos hace tiempo que dejaron de brillar. Las personas que se fueron al otro mundo no significa que ya no estén, continúan aquí siempre que mantengamos viva su memoria, si seguimos «viéndolas». Mi vecina sigue visitando diariamente los restos de su madre desde que falleció.
Pero, ¿qué hay de quienes desaparecieron y nadie les recuerda? ¿Significa que no han existido o que su existencia ha sido menos válida? Para dejar un legado no hace falta ser excepcionalmente notable ni tener familia cercana, se puede causar un impacto en un desconocido de muchas maneras. Un pequeño gesto, una palabra compasiva, o hacer reír. Dibujar una sonrisa en el rostro de alguien que lo está pasando mal es un acto generoso cargado de amor universal. La intimidad es algo sagrado y lleno de pureza. Aunque deseemos convertir nuestra especie en un nuevo organismo, no reduzcamos las relaciones a solo el acto de procrear. Hagamos el humor y habremos hecho el amor.
Te deseo un año de luz, pero que no esté a 9.46 billones de kilómetros de distancia.