El tiempo desacelera y termina por detenerse, como un tren que encuentra su destino a mitad del trayecto. El mundo sonoro se envuelve de una opacidad casi subacuática en la que los sonidos llegan pero no importan. Y el campo visual, que hasta ese instante había sido una promiscua acumulación de colores sin jerarquía ni destino, se convierte en una gramática monocromática a excepción de un ser que concentra en sí matices hasta entonces imperceptibles al ojo humano; dicho iluminado sujeto es transitivo del verbo amar. No es que la vida anterior a ese momento careciese de sentido: es que su sentido era provisional. Si el corazón —agotado de tan intenso latir— decidiese tomarse un descanso, estaríamos ante la muerte más dulce jamás contada.
Quizás me he pasado un poco, pero la exageración no es sino la forma que adopta la verdad cuando ha perdido la paciencia.
El flechazo es un fenómeno difícil de explicar y fácil de sentir. Es una evidencia que no requiere demostración porque se impone antes de que el entendimiento haya tenido ocasión de pronunciarse, golpeando con la contundencia de lo inevitable. La atracción física explica en gran medida el impacto, pero una vez se dispara el deseo hay otras cosas que suceden; el físico nunca es solo la apariencia. A la simetría del rostro y las proporciones equilibradas se suman la voz, los gestos, los movimientos, las sonrisas, la manera de hablar… Y sin embargo, toda esa información sigue siendo insuficiente para conocer a una persona. De ahí surge la pregunta que me inquieta: si contemplamos a un extraño durante treinta segundos y sentimos que algo en nosotros se reorganiza para siempre, ¿de quién nos estamos enamorando?
Se abre el telón:
Un arquitecto traza con urgencia los planos de un castillo cuyo único material de construcción son unos naipes. Muy pronto, la realidad estornuda y salen todas las cartas volando. Fantasear e ilusionarnos ayuda a sostener los débiles pilares del enamoramiento, pero puede ocurrir que el sentimiento no sea correspondido o que descubramos a una persona muy distinta a la que habíamos diseñado. Esto último significa que el flechazo es un acto de creación involuntaria; sin darnos cuenta, hemos construido un personaje sobre el andamio del nuestro.
Mientras el arquitecto trata de reconstruir el castillo una y otra vez, aparece un segundo personaje que se está montando una película: el guionista. Durante días, semanas o incluso meses, el guionista narra escenas románticas, eróticas, bucólicas y esdrújulas… Pero como buen guionista que se precie su imaginación va un paso más allá. ¿Por qué no elegir los gustos de esa persona, sus rutinas, sus virtudes, esperar que su conversación sobre cualquier tema sea interesante, que toque un instrumento, que no cometa faltas de ortografía, que lleve la iniciativa de todos los planes, que vista de punta en blanco, que se descalce al entrar por la puerta, que nos dé la razón aunque no la llevemos, que se acueste a nuestra hora, que no fume, que huela a Varón Dandy y que no se tire pedos?
Entra en escena el tercer personaje, de quien pensamos que dependerá el desenlace de esta historia. Al valiente acto de ligar siempre se le ha denominado «tirar la caña» y con razón. En el oficio de pescar y de seducir hay que tener infinita paciencia, pulso y fuerza. El pescador mira con parsimonia al arquitecto desequilibrado y al guionista que ha perdido los papeles. Coloca sus bártulos en el proscenio y se prepara para una tarea larga, aburrida, eterna.
Aún así el pescador nunca se rinde, porque si después de todo el anzuelo no pica, sabe que hay muchos peces en el mar.

¡Feliz San Valentín!