Conocí a Mariló en el ascensor. Hace casi 6 años me mudé a un bloque de pisos en el centro de la ciudad, un edificio con cierta antigüedad en el que viven personas mayores que saludan cuando te las encuentras. Una de ellas iba a veces en el ascensor acompañando a otra mujer aún más mayor en silla de ruedas, supuse que eran madre e hija.
Tiempo después coincidí en el ascensor solo con la hija, y aunque ella subía al tercer piso nada más, la conversación dio como para que me dijese su nombre y yo intuir que necesitaba apoyo psicológico. En el pasillo, le di un folleto del Centro de Orientación Familiar y mi teléfono por si algún día le hacía falta que fuese a por un recado. Muy agradecida ella, me llamó al día siguiente, me invitó a su casa y cuando me senté en el sillón, dijo: que empiece la sesión.
Mariló pasó de ser mi vecina a ser mi paciente.
Desde hace más de un año la acompaño en el difícil proceso de la vejez -tiene 85 años-, que en su caso es más complicado por atravesar el reciente duelo por su madre. Pidiendo que ojalá su madre hubiese vivido más de 102 años, yo le decía que había sido muy afortunada porque mi abuela paterna se fue con 82 y mi abuela materna con 35. Desde aquel momento, empezó a darme consejos y lecciones que había aprendido en la vida.
Mariló pasó de ser mi paciente a ser mi abuela.
Me contaba que solo cuando te haces mayor te das cuenta de algunas cosas, de que a los mayores hay que preguntarles si quieren salir a la calle o quedarse en casa, si están a gusto en esa postura o en otra, que los días pasan más rápido, que la vida se va de repente y que quizás habría hecho las cosas de otra manera.
Un día cancelé nuestra cita porque había acumulado unas cuantas malas noticias y las procesé todas de golpe. La siguiente vez que nos vimos Mariló me dijo que al poco de fallecer su madre estaba bloqueada, no asimilaba su pérdida y la tristeza aún no se había instaurado en ella. Cuando le respondí que ahora le duele porque es consciente y antes no, no sé si se lo estaba diciendo a ella o me lo estaba diciendo a mí.
Semana tras semana, se fue percatando de su dolor. En nuestra última sesión, al hablarme de cuánto echa de menos a su madre, la vi llorar por primera vez. Yo lloré con ella. Se pensaba que es porque me da pena, pero lloré porque me siento tremendamente agradecida de que haya confiado en mí para mostrar su vulnerabilidad, cosa que no hace con nadie más. Me pidió que no llorase, que su tristeza y su amargura son cosa de mayores y que viva mi vida. Yo le respondí que ella es parte de mi vida.
Mariló pasó de ser mi abuela a ser mi amiga.
Me dijo que para ella todos los días son iguales y que ojalá el Señor se la hubiese llevado junto con su madre. Pero enseguida cambió de terció y volvió a consolarme. Cuando me dijo que disfrute de lo que tengo y aproveche el tiempo que me queda, no sé si me lo estaba diciendo a mí o se lo estaba diciendo a ella.
Creo que estamos aquí por algo, y quizás yo soy el motivo por el que Mariló sigue aguantando. Debe haber un sentido a todo esto y si no lo hay está bien que se lo demos. Por eso decidí contar esta historia, para transmitir un mensaje de cariño a nuestros mayores, de apreciar lo que tenemos porque se puede desvanecer en un instante, y de que los vecinos son desconocidos hasta que te sientas en su sillón.
