Las estrellas brillan, es decir, irradian energía al exterior mientras tengan alguna fuente de energía en su interior.
A pesar de que no se permite hablar ni leer en voz alta durante el viaje, lo hicimos igualmente. Recitamos juntos aquella línea que te sabías de memoria del libro “Vida en el Universo”, ambos sustantivos con iniciales.
Recuerdo aquel día en el que recorrimos el cosmos antes de tu despedida con nitidez, como aquellas fotografías sin movimiento que crearon los terrícolas. Cuando alcanzamos los 300.000 kilómetros por segundo, las formas parecen fusionarse, los colores desvanecerse. El pelo se eriza, la columna se tensa, al mismo tiempo el cuerpo parece perder toda su fuerza, derritiéndose en el asiento. Tú decías que uno se siente puercoespín, además de terciopelo.
Íbamos de Caronte a Titán, a las doce en punto del mediodía estelar. Compartíamos cabina con otros pasajeros, pero era como si no hubiese nadie más. El viaje se extendería, por fortuna, podríamos terminar la lectura.
Todavía no tenías edad para tomarlo, aun así querías verlo en persona. Antes de que la Tierra se esfumase, cientos de edificios fueron trasladados ladrillo a ladrillo a otros lugares del sistema solar. Entre ellos estaba el hotel Caribe Hilton, donde se inventó la bebida del pasado denominada “piña colada”. La cadena hotelera se aseguró legalmente de que el cóctel solo pudiera degustarse en el satélite de Saturno, convirtiéndose en atracción para turistas provenientes de todos los rincones de la galaxia.
Tras contarte el motivo de nuestra visita a Titán, volvimos a abrir el libro. “Vida en el Universo” explicaba que incluso cuando se apagan, la radiación que emiten las estrellas continúa viajando por el espacio durante millones de años. Te fascinaba pensar que podíamos ver astros que tal vez se extinguieron hace siglos. “¿Es como mirar fantasmas?” era una de las preguntas que caracterizaban tu curiosidad.
Estabas pasando de página cuando tu mano es interrumpida por algo que azota la nave. Un objeto de hielo del Cinturón de Kuiper se estrella contra nuestro vagón, lanzándonos contra el suelo. Pierdes la conciencia en el acto. Aparece una grieta en la ventanilla tras los asientos que habíamos ocupado hacía un instante. El vagón da un vuelco, con un movimiento que me empuja bajo dos filas de asientos que se habían desprendido contra el siguiente vagón. Me aplastan, pero esa trampa me salva. La grieta del cristal se convierte en una brecha, la brecha, en un agujero. La cabina se despresuriza, cuatro personas salen disparadas a la oscuridad del confín, entre ellas tú. No se escuchan gritos. Todo queda en silencio. En cuestión de segundos, veo cómo te alejas hasta que tu imagen es un punto de luz del tamaño de las estrellas.
El sistema de emergencia selló la compuerta del vagón donde me encontraba, cortando la succión del espacio exterior. El piloto autómata logró estabilizar el rumbo, redirigiendo la nave hacia la estación de rescate en órbita de Rea. Tras el accidente, pasé noches en la clínica mirando al cielo hacia el vacío que ahora ocupabas.
Años después colaboré con agencias de toda la Vía Láctea para implementar sistemas de detección de partículas en deriva. Cada mejora en los protocolos de navegación significaba muertes evitadas. Tu ausencia se transformó en impulso. Para poder salvar a un sinfín de personas tuve que perderte, pero jamás he dejado de buscarte.
Aunque tu brillo se apagase entre las tinieblas del Universo, continúas irradiando energía en mi interior.