Ficción

Monodiálogo

FAUSTINO ONITSUAF

—Lloré en el despacho de una profesora
—¿Por la presión auto-impuesta?
—Eso es.
—La gente debería ser honesta en lugar de amable.
—No te sigo.
—Leen libros para aprender algo, no para entretenerse. Para entretenerse hay otras cosas, como el deporte.
—Hay libros de todo tipo.
—Solo digo que en la vida real se escapan momentos de lucidez y frases que serían apropiadas llevar tatuadas. En un libro las palabras mecanografiadas son un síntoma de la trascendencia, aunque no signifiquen la eternidad.
—¿Cuál es el problema?
—Que los libros son escritos por una única persona.
—A veces transcribe lo que dicen otros.
—Solo cuando se basa en hechos reales. Los personajes tendrán una personalidad muy limitada y muchos diálogos potencialmente grandiosos acaban siendo otra banal conversación más en el basto mundo de la literatura de ficción.
—Tienes una visión negativa.
—Pero real.
—Dices que, en algún punto, el personaje que es receptor del mensaje que manda el emisor protagonista, interaccionará con éste de un modo poco característico.
—Exactamente. Como si en el fondo supiera las intenciones del otro, lo desnudara cognitivamente sin siquiera hacerle preguntas. Sabría incluso lo que él no sabe. Sabría incluso lo que nadie sabe: el futuro.
—Porque el escritor conoce el final de la historia.
—No siempre. De vez en cuando aunque imagine cómo acabará todo, intenta no llegar demasiado pronto. Es una estrategia que falla.
—Porque al conocer el destino no se camina hacia él con naturalidad.
—Ahora me sigues.
—No eres fácil.
—Nadie lo es.
—Permíteme dudarlo.
—Explícate, entonces.
—Conozco muchas personas. Una gran mayoría no se molestan en ocultarse, porque son tan simples como aparentan. El resto son quienes aparentemente se complican la vida. Yo opino que son complicados de por sí. Fingen ser simples y, para un ojo no entrenado, cualquiera diría que lo son.
—Déjame adivinar, tú eres un ojo entrenado.
—Y alguien poco simple.
—¿Te enorgullece?
—Depende.
—¿Depende?
—Es la respuesta comodín. En este Universo, con estas leyes de la física y la química que percibimos, lo que llamamos “vida”, todo es relativo. Todo está bajo la influencia de variables que a su vez lo están por otras y así hasta el infinito.
—Estábamos hablando de libros.
—Tú estabas hablando de llorar en el despacho de una profesora. En este escenario soy quien no se ha ido por las ramas.
—Quizás tu ojo entrenado ha pasado por alto los nexos en mis intervenciones.
—Porque no fueron explícitos.
—Precisamente.
—Aún no poseo la habilidad de leer las mentes.
—Justo eso, habilidad. La habilidad es algo que se puede obtener, la capacidad es algo innato.
—Tengo una perspectiva positiva sobre mi potencial oculto.
—Ya veo.
—¿Esa cara pensativa significa que...?
—Imagina la siguiente situación: estás esperando en el vestíbulo de un hotel, tienes una entrevista con alguien importante pero la recepcionista no te da detalles. Cuando subes a la habitación, tu interlocutor solo dice incoherencias. ¿Qué pensarías durante la entrevista?
—Pues... Posiblemente haya una razón, una especie de prueba que debo superar intentando entenderle.
—Es la respuesta que esperaba.
—¿Eso es bueno?
—Para ti solo, no es bueno ni malo. Para la humanidad, es malo.
—¿Por qué?
—Imagina la siguiente situación: estás esperando en el vestíbulo de un hotel, tienes una entrevista con alguien importante y la recepcionista te dice algo sobre esa persona: está loco. Cuando subes a la habitación, tu interlocutor solo dice incoherencias. ¿Qué pensarías durante la entrevista?
—Pensaría que lo que hace es completamente normal debido a su condición.
—No tratarías de buscar un porqué.
—No seguiría su juego.
—El contexto es lo que nos define, pero no lo que somos.
—En realidad la persona es aquello que pensamos que es.
—Correcto.
—¿También sirve para uno mismo?
—Por eso ser actor es un oficio bien visto.
—Puede sonar egoísta, pero solo queremos a los demás cuando los necesitamos. No por el mero hecho de quererles. Querer es necesitar.
—Confundes entonces amor con interés.
—Son conceptos diferentes con rasgos en común.
—Cuéntame más al respecto.
—No toda la gente solitaria tiene que ser triste. Algunos eligen ese camino porque no necesitan a nadie más para ser felices. Ven a los demás como una intromisión en su íntima relación con ellos mismos. El vacío social es lo que les llena.
—Pero están llenos de vacío.
—Es el brillo de su mirada.
—¿Un distintivo?
—Sí, como el logotipo de una empresa. Identificas al instante su condición y si ha sido impuesta o no.
—¿Cómo lo sabes con certeza? ¿Les preguntas?
—Sería imprudente y maleducado por mi parte.
—¿Entonces?
—Me miro al espejo.
—¿Y en qué piensas?
—En nada. Si el reflejo me devuelve la mirada y me gusta y sigo mirando con una expresión neutra, como quien observa un cuadro paisajista, quiere decir que estoy a gusto con lo que me ha tocado ser.
—¿Y si no?
—En ese caso la gente se alejaría de mí, no yo de la gente. Desde el exterior el resultado parece el mismo pero el proceso es totalmente opuesto. Lo primero es alguien solitario, lo segundo es alguien marginado.
—Supongo que los solitarios tratan de conocerse a sí mismos, sin influencias del resto.
—Están escalando su propia montaña. Unos tardan más, otros menos, unos empiezan antes, otros después. Todos llegan a la cima algún día.
—¿Y después qué?
—Después solo ellos saben lo que viene. El camino ha sido demasiado complejo como para compartirlo.
—Imagino que progresivamente volverán a integrarse en la sociedad. No se puede estar solo eternamente.
—Uno muere solo, la vida es el transcurso hasta ese predecible final. Por qué no irse acostumbrando.
—Es una visión pesimista.
—Yo la veo lógica. Sachs dijo: “la muerte es más universal que la vida; todo el mundo muere pero no todo el mundo vive”.
—Siento que me hundo por momentos. Me estás contagiando.
—Piensa que las leyes de la física no se aplican a la psique y cuanto más buceas más cerca estás de la superficie.
—Basta de metáforas, solo quiero sentirme mejor.
—Pues túmbate y cierra los ojos, hay que estar descansado para enfrentarse a ciertos peligros.
—¿Insinúas que si me analizo descubriré cosas que desearía no saber?
—Saberlas te ayudará a combatirlas. Son una enfermedad latente, es cuestión de tiempo que aparezcan los síntomas aunque ahora te sientas perfectamente. Esto no es una metáfora.
—Lo sé, y ahora no me encuentro bien.
—Continuemos la próxima vez, no quiero que asocies el malestar con profundizar en tu mente.


FAUSTINO ONITSUAF

—¿Has dormido bien?
—Es lo único que no he hecho mal esta semana.
—¿Qué ha pasado?
—No puedo seguir.
—¿Hacia dónde?
—Hacia ninguna parte.
—¿Qué hay de tus metas?
—Evito pensar en ellas. Cada vez que aparto la mirada y vuelvo para asegurarme si siguen ahí, han cambiado.
—Quiero saber si te estoy comprendiendo correctamente: ¿tus metas nunca son las mismas, como una suerte de maestro del disfraz? O, por el contrario, ¿son una serie de diapositivas elegidas al azar por alguien desconocido?
—Sería agradable pensar en lo primero, ya que bajo los múltiples disfraces siempre se encuentra la misma persona, la esencia de mis objetivos.
—¿Pero?
—Siento como si fuera lo segundo, porque soy incapaz de identificar el patrón.
—¿Qué podrías hacer al respecto?
—Nada.
—¿Ni siquiera plantear detenidamente y de forma consciente tus opciones para intentar crear una lista delimitada de objetivos?
—Si ya conocías la respuesta, ¿para qué diablos me preguntas?
—No tenía ninguna certeza de que fueras a decir exactamente eso. Si estuvieras pensando de esa forma, haciendo la pregunta consigo oírtelo decir, porque como ya he dicho no tengo habilidad de leer mentes. Además, he preguntado sobre lo que “podrías” hacer, no sobre lo que “querrías” hacer.
—¿Cuál es la diferencia entre querer y poder?
—¿En este caso o en general?
—Te acabo de cuestionar en un entorno concreto, en un momento específico; no me interesa lo global. La función de las estadísticas consiste en enseñar a los demás, de forma gráfica, lo que el autor piensa acerca de un fenómeno, para sacar beneficio económico, social y verbal, con un: “ajá, ya veo”.
—Tu capacidad y tu voluntad son cosas diferentes. El hecho de que hayas respondido como si te hubiera preguntado acerca de lo que deseas en lugar de aquello que está en tu mano, significa que tu voluntad obstaculiza tu capacidad.
—¿Acaso no está en mi mano lo que deseo hacer?
—En parte.
—Explícate.
—Allá voy. Lo mismo que el atender y el entender son interdependientes, están regidos por procesos distintos y no se evalúan de la misma forma. Con la atención, pasarías horas y horas escuchando lo que digo y serías capaz de recordar gran parte de mi discurso si te pidiera que me reprodujeras una oración palabra por palabra. Con la comprensión, en lugar de solicitarte una copia con tu voz de las palabras que han salido de la mía, te plantearía una reflexión particular que resuma desde tu punto de vista lo que yo he expresado previamente.
—¿Para atender no es necesario entender pero para entender es necesario atender?
—Correcto.
—Siguiendo ese argumento, asumo que para querer no es necesario hacer algo pero para hacer algo es necesario querer. Con ello justifico mi respuesta anterior, no puedo hacer nada porque no quiero...
—Si no quieres hacer nada al respecto, ¿me estás diciendo que te agrada la relación que mantienes con tus metas?
—Los problemas no siempre provocan malestar.
—Pon un ejemplo.
—En la frutería, dudo si consumo un kilo de manzanas rojas o verdes. Elegir es un problema, mejor dicho, las decisiones son la causa de todos los problemas, sea de una forma u otra. Pero la oportunidad de elegir significa que tengo un poco más de libre albedrío.
—Las decisiones son más que querer o no querer.
—Pon un ejemplo.
—...
—Elegir implica querer una cosa y rechazar el resto. De todas las posibilidades que tengo para con mis metas, decido no hacer nada para alcanzarlas.
—Sin metas, ¿cuál es el motivo de la existencia?
—La vida no es una carrera de obstáculos donde hay que llegar todo lo rápido y con los menos fallos posibles a una cinta roja que se rompe a nuestro paso triunfal. La vida es un sendero con cuestas hacia arriba o hacia abajo, con rocas, ríos, árboles, animales salvajes y un clima constantemente cambiante. Uno decide disfrutar del recorrido mientras se adapta al entorno o decide dejarse llevar por el entorno mientras disfruta del recorrido.
—Eliminando así toda tu responsabilidad.
—Soy responsable de mi filosofía de vida, todo aquello que ocurra durante mi estancia en ella es consecuencia de esa visión subjetiva, la cual no deja de ser otra decisión.
—Necesito un trago.
—¿Whisky, ginebra, ron?
—Ahora mismo no me apetece decidir, sírveme lo que tengas más cercano.


FAUSTINO ONITSUAF

—Soy un adicto al vacío, si me desengancho me tiro a él y caigo. Estoy colgado.
—¿Qué te sostiene?
—El deseo de verme reflejado en la oscuridad.
—¿Ver tu cara oculta?
—Siempre estuvo ahí.
—No accesible.
—Al final del pozo. El agua estancada desvelará quién soy en realidad.
—Pero lo que anhelas es tan solo el vacío, no llegar abajo. ¿Tienes miedo de tocar fondo?
—Menos que quienes ni se atrevieron a asomarse.
—Limítate a hablar sobre ti.
—Cuanto más lo haga más iré soltando la cuerda.
—En algún momento habrás de poner los pies en el suelo.
—Intento que llegue lo más tarde posible.
—¿Para qué?
—Para sentir pena de mí mismo. Para que el llanto haga rebosar el agujero en el que estoy metido desde que tengo memoria.
—Te ahogarás.
—Pero me vaciaré por dentro.
—¿No estabas ya vacío?
—Estaba lleno de vacío.
—¿Y ahora?
—Un folio en blanco. Listo para empezar de nuevo.
—Volverás a hundirte.
—Cuando esté recuperado. ¿No lo entiendes? El pozo se vacía, se llena, se vacía, se llena. Así es como funciona.
—¿Bebes tus propias lágrimas?
—Es un circuito cerrado.