—Dígame, caballero.
—Buenos días, quisiera ser pintor.
—Excelente, pase al despacho, le atenderán enseguida.
—Gracias.
—Hola, ¿qué desea?
—Pues venía a manifestar mi intención de dedicarme a la pintura, sabe usted.
—Sí, sí… La pintura, un oficio muy noble, si me permite la apreciación. No en tanto, difícil de llevar a cabo. Debe tener usted una gran ambición.
—Es lo que me preocupa en este instante, temo no superar la entrevista ya que por el momento quiero ser pintor solo porque me gusta pintar.
—Ya veo… Qué motivo tan pobre, desprestigia usted la labor de los grandes artistas, que tanto empeño pusieron en su tarea, la de hacer de esta una civilización por la que sentirse orgulloso.
—Soy consciente, por eso creo que responder a sus preguntas me ayudará a reconducir mis aspiraciones como pintor.
—No deben ser bajas, se lo advierto. En el departamento todavía nos lamentamos por el descuido de hace dos años, cuando permitimos la licencia a ese infame cuyo nombre me niego a pronunciar. Aquellas obras…
—Desde entonces soy muy crítico con mi trabajo.
—Sí, sí, fue un aviso a navegantes, pero hubiéramos preferido que este tipo de sucesos se quedara en los libros de historia, sin embargo lo tuvimos en los periódicos. Olvidemos el asunto, vamos a lo que nos toca, para no hacerle perder más tiempo del necesario.
—Por supuesto, empiece cuando guste.
—Bien… En la documentación que usted aporta aparece la evolución de su trabajo durante los últimos siete años, desde los primeros bocetos anatómicos a carboncillo hasta sus piezas en óleo más recientes. Dígame, ¿por qué no se quedó en el carboncillo?
—No es un material elevado, todo el mundo sabe que la elegancia del óleo es mayor. Además, aunque haya formas de conservar sus resultados, el carboncillo se deteriora más con el paso del tiempo. Tengo conocimiento de obras admirables realizadas con carboncillo, pero el gran público no es accesible a esta información, no son obras que permanezcan en la memoria.
—Correcto, se trataba de una pregunta trampa pero ha sabido aportar su humilde visión. Prosigamos. Ha elaborado usted algunas fichas acerca de su obra, con descripciones técnicas, materiales empleados, medidas, soportes, herramientas… Es bastante correcto, aquí no haré ninguna objeción. Sin embargo, me llama la atención la justificación de su obra, a mi juicio usted la explica demasiado.
—Lo siento, ¿podría darme algún ejemplo concreto?
—Por supuesto, deme un momento. Veamos… Sí, aquí está. En su trabajo final de estudios usted hace un paralelismo entre su obra y ciertas metáforas. ¿Sabe que está prohibido cualquier acercamiento al arte simbólico?
—Lo sé, tuve cuidado en alejarme lo posible de ese recurso pero no tuve elección, ya le digo que pinto porque me gusta, no porque quiera manifestar algo.
—Es una afirmación muy seria la que usted hace, puede costarle la licencia permanente. Aunque la academia requiera justificar su obra, debe tener en cuenta que sus argumentos insinceros le convierten a usted en un estafador.
—Elegí una justificación ajena a mí por miedo a dejar en blanco dicho apartado.
—Se admite la no respuesta, hemos tenido algunos artistas silenciosos con mucho éxito.
—Y los admiro, pero yo no tuve seguridad suficiente en mi trabajo como para que se justificara por sí mismo.
—Le queda a usted aún mucho camino por delante… En esta convocatoria no se le adjudicará la licencia a tiempo completo, pero podrá optar a la parcial o a la de aprendiz.
—Eso es una buena noticia.
—Me alegro que sea usted positivo, tenemos exceso de pintores con depresión. Como verá usted, se ha extendido la noción de que uno se inspira con la desgracia y la autocompasión. Hemos intentado mantenerlo en secreto durante décadas, pero era demasiado obvio. La cordura es mediocre. Ningún pintor sin trastornos psicológicos ha alcanzado jamás fama atemporal.
—Que ahora no tenga problemas mentales no quiere decir que no los vaya a desarrollar a lo largo de mi vida.
—Eso espero, ¡qué optimista es usted!
—Ha decidido que quiere ser pintor, pero ¿se ha planteado qué estilo va a practicar?
—Siento cierta devoción por el cubismo.
—Excelente. ¿Y sabe usted qué tipo de cubismo?
—¿Perdón?
—No es lo mismo el cubismo de Picasso en 1908 que en 1913. Y por supuesto, el cubismo de Juan Gris no tiene nada que ver con el cubismo de Fernand Léger. ¿De quién es usted más partidario?
—Pues... Me gustaría poder ejercer el cubismo desde mi visión personal.
—Ay, ¡no peque usted de ingenuo! Con lo bien que iba… Ojo que esto le puede costar la licencia. Escúcheme con atención: ya no está permitido innovar en la pintura. Desde finales del siglo XX hemos cerrado las candidaturas a artista atemporal. Si le gusta el cubismo, nadie le impide ejercerlo, pero mucho me temo que tendrá usted que elegir de quién se copia.
—Bueno… Si tengo que elegir, entre mis referentes destaca María Blanchard y…
—¡Maravilloso! ¡Qué buen gusto! Venderá seguro, conozco cierto perfil de coleccionista que…
—Espere, por favor. Si empiezo a pintar como Blanchard, en algún momento podré cambiar a otro referente, ¿no es así?
—Joven, o es usted un bromista o se está descubriendo como un ignorante. Sea como sea se lo voy a explicar amablemente, dando ejemplo de mi profesionalidad. Vamos a ver. Imagínese que es usted un médico, especialista en el aparato digestivo. Lleva diez años ejerciendo y ha adoptado una maestría por la que ya es conocido. ¿Cambiaría usted de especialidad y ejercer, por ejemplo obstetricia, de un día para otro sin tener la menor idea?
—No, pero…
—¿A que tiene poco sentido? Me adelanto a su próxima pregunta: incluso si lo hiciese de manera progresiva o ensayando otros estilos en privado sin llegar a mostrarlos al público hasta que alcanzase un nivel aceptable, no es posible para el artista ni el negocio de la pintura que este ejerza varios estilos salvo uno.
—Ruego me disculpe, señor, debí pasar por alto esa página en el reglamento. Aun así, ¿puedo preguntarle por qué hay que adscribirse a un género? Entiendo el ejemplo en medicina pero es que en ese caso hay vidas en juego.
—Tiene usted algo de razón. Se trata de un ejemplo para que vea lo serio que nos tomamos aquí estos asuntos. No es la vida de otras personas sino la historia de la pintura la que está en juego. Aunque gracias a la libertad para transicionar y practicar otros géneros que había anteriormente surgieron grandes nombres en la pintura, no podemos cometer el riesgo de resultados mediocres. Ejerza usted el genero que ejerza, se convertirá en una eminencia. Lo único que diferencia al genio del principiante es el tiempo. Dedicándole 8 horas al día a lo que elija usted aquí hoy, le garantizo el dominio total de la materia en cuestión de un lustro.
—Comprendo… ¿Puedo reconsiderar mi decisión?
—¡Faltaría más! ¿Desea contratar los servicios de una consejera?
—Eh… ¿Qué quiere decir?
—En ocasiones, afortunadamente pocas (por desgracia usted es una excepción a la regla), ofrecemos una primera sesión gratuita con una experta en orientación pictórica. Ella le aconsejará sobre el género que mejor se adapte a sus objetivos.
—De acuerdo. ¿Qué ocurre si tras la sesión no es suficiente?
—No me asuste, joven. Sería la primera vez que no basta con una visita a nuestra estimada Hilma. Si mal no recuerdo, en la página 347 del reglamento, si tras recibir una primera orientación pictórica no ha encontrado usted el camino, deberá abonarnos el 50% de los beneficios que obtenga las primeras diez ventas de sus cuadros.
—En ese caso más me vale que sea fructífera. Gracias por atenderme. ¿Por dónde salgo?
—No se preocupe, mi secretaria le acompañará amablemente. Le deseo éxito en su sesión, vaya con Gogh.
—¡Igualmente! Hasta luego.